Derivas 1

Publicado: febrero 29, 2012 en derivas
Etiquetas:, , , ,

A bordo del Gordini
Una deriva lisérgica con mis amigos el Gordo Soriano, Gilles “el complicado” Deleuze y Roland “baño termal” Barthes.

La escritura es un modo de dar nombre a la locura. Personal, grupal o
epocal. Es la conjuración de los magos, que al dar nombre a los demonios pueden
entonces someterlos, o al menos mantenerlos a raya. Decir esto, ojo, no implica
pensar en la literatura como catarsis, sino como clínica. Es un modo de
diagnosis, en que a partir de las propias afecciones podemos extender nuestro
análisis al cuerpo social. No como médico-sacerdote que ve lo malo solo afuera y
nunca en el espejo, sino una crítica-clínica, que por medio del análisis
“subjetivo” logra expresar lo afectivo de la “realidad” que siempre nos parece
ajena, pero que nos permea, forma parte de nosotros, es desde donde hablamos,
pensamos, nuestro agenciamiento colectivo de enunciación, dice Gilles, y lo
mando a callar. Nunca me deja terminar. Es desde el agenciamiento colectivo que
hablamos, que somos, y toda literatura es una manifestación del mismo.
Pero manifestación tiene dejos un poco metafísicos, no? Mejor sería decir
“expresión”, acota Roland. No le doy bola. Expresión suena muy a
“estructuralista de mesita de luz”.
Me morfo un bache en el camino, el auto salta y todos puteamos al unísono.
Sigo. Ningún bache argumental-metafórico me va a parar ahora que estoy
embalado.
Le digo al gordo que el paisaje me agota, que lo cambie. ¿Qué querés que
haga? Si lo hubiera podido cambiar no lo habría escrito. Y Gilles, que me clava
las rodillas en el respaldo del asiento, se lanza en una diatriba colosal por su
falta de puntos o comas.
“Justamente estaba pensando en el paisaje-espacio como un campo de
inmanencia vagamente estriado en el pasado y ahora resquebrajándose dejando al
campo como un desierto lugar que no puede ser trazado mapeado cartografiado es
un mar un mar antes de las cartas navales solo se lo puede habitar moviéndose
pero moverse es estar quieto ser nómade es eso rehusar irse”
El franchute sí que divaga, pienso, pero no es justo porque en realidad lo
entendí, y envidié su claridad de fabricante de lentes. El argentino es nómade,
le doy la razón. Obvio que no como los beduinos, pero ni siquiera como los
europeos o los yanquis con sus migraciones de una ciudad a otra, de un país a
otro como calzoncillos que uno se puede poner y dejar.
La argentina es el calzón rotoso que no podemos tirar porque le tenemos
cariño y es cómodo. Aunque deja entrar el frío por el culo. dice el gordo
leyéndome la mente mientras recarga la pipa con la que nos ahoga.
-A ver, seguí – lo provoco.
-No, mejor no. Es una metáfora chota, un lugar común. Como el de que la
única salida de acá es Ezeiza. Me pudren los pesimistas. – dice, enojándose
consigo mismo.
-¿Y vos… no sos pesimista? – le digo.
-Para nada – responde categóricamente, y un poco ofendido.
-Me pareció ver un réquiem en una de sus escenas, la del…
-la de los ladrones de cables y los músicos en la ruta… pero, no, todos
entendieron mal… no es un pesimismo activo pegado a la descripción realista o
a la alegoría. Es un relato de una sensación de superficie y no de profundidad
histórica o psicológica. Muchos han tratado de descubrir en las letras el
espíritu del país.
-Y, la literatura consiste en eso, la mayoría de las veces…
-Es lo que les intentaba explicar antes respecto a los agenciamientos
colectivos – intervino Gilles – En toda literatura menor hay un pueblo por
construir, un pueblo que está ahí nomás, en la superficie, y le falta la voz.
-Si, supongo. Desde Sarmiento para acá, lo intentaron todos. Borges se
acercó, pero Marechal estuvo más cerca, me parece – dijo Soriano.
Saco la cabeza por la ventana, la cabeza me hierve un poco ahí dentro. Miro
la ruta que se extiende bajo mis ruedas, el alambrado inconstante y el sol que
nos mira aburrido. Éste es el desierto, que han convertido en pampa y sueños
tantos escritores y artistas que buscaban algo esencial y atávico por fuera de
los laberintos de la metrópolis. ¿Por qué seguimos ligando ese destino nuestro
al de los caminos vacíos? ¿Es una cuestión de tradición literaria e idealismo de
lo autóctono, de rechazo de lo urbano que nos parece que nos queda grande? ¿Será
que nuestro verdadero hogar es el campo y la ruta?
Creo escuchar sus objeciones antes incluso de revelar mis iluminaciones
profanas. El gordo me pasa la pipa, más para que me calle que por cortesía.
– ¿Confundís la geografía con la fisica, y para colmo te me ponés
metafísico?
– ¿Eh? – atino.
Soriano sacude la cabeza vigorosamente, como preludio de su inminente
diatriba.
– No hay “campo”, o “sur” ideal en mi novela… cómo explicarte…
– ¿Me permite? – la cabeza de Gilles irrumpe a través del espacio entre los
asientos.
– Faltaba más.
– Es que quizás no fui claro con lo que dije al principio… lo del campo
de inmanencia.
– Es que usted habla a otra velocidad.
– Este espacio del que habla su amigo en la novela no es un espacio ideal y
metafórico-trascendente, ésa es una imagen de pensamiento que habita toda la
cultura (y por extensión, la literatura) de su país. Es un plano superpuesto al
que habitamos inmanentemente. En eso se equivocan la mayoría de ustedes, pero no
el amigo Soriano. Lo que han buscado erróneamente es una realidad inmanente en
un plano exterior y trascendente, cuando sólo se la puede encontrar aquí mismo.
De ahí que Soriano use el sinsentido y la falta de referencias fijas como modo
de demostrar la inmanencia del campo. Por ello no se trata de un viaje reterritorializador,
realista y metafórico sino de un movimiento
desterritorializante, irreal y de superficie.
– Quizás pueda expresarlo en otros términos. – Roland, hasta ahora callado,
irrumpe en la conversación con la parsimonia de un elefante.
– Adelante – lo invita Gilles.
– A ver… para llevar a buen puerto el argumento de mi compatriota se hace
necesario introducir un concepto suyo que me he apropiado en algunos de mis
análisis. Me refiero a la individuación, que Gilles complementa con la
aclaración por haecceidades, un concepto que toma de Duns Scoto y a través de
los estoicos. La haecceidad puede ser una estación, un invierno, un verano, una
hora, una fecha, tienen una individualidad perfecta, en ellas todo es poder de
afectar y ser afectado. La individuación por haecceidad se opone a las
individuaciones por subjetividad y sustancialidad, más comunes en Occidente,
mientras que la primera es la forma dominante en la tradición oriental, como en
el haiku, que captura la temporalidad propia del acontecimiento. Esto no
significa que la haecceidad se oponga a los sujetos, ya que como dice Gilles, no
hay sujeto sino únicamente un agenciamiento colectivo de enunciación. Todo el
agenciamiento en su conjunto individuado resulta ser una haecceidad; se define
por una longitud y una latitud, por velocidades y afectos, independientemente de
las formas y de los sujetos. Y además, la individuación de una vida no es la
misma que la del sujeto que la lleva o soporta, eso mismo le dice la adivina al
personaje sin nombre de la novela, que está cansado de llevarse puesto. La
“verdad”, si se quiere, del sujeto, no es la misma que la de su vida. Uno es un
sujeto formado, subjetivado, el otro es un acontecimiento en si mismo. Eso me
recuerda a la eudaimonia de los griegos… uno nunca puede conocer su daimon, la
verdad de sí mismo, ya que uno no puede dejar de ser sujeto, mientras que los
otros, a pesar de su conocimiento limitado, pueden saber más de nuestra verdad,
de la haecceidad que nos habita.
– Yo mismo no lo podria haber explicado mejor – lo halaga Gilles, y tiene
razón.
– ¿Continúa usted? – lo invita Roland.
– Sí, gracias. Como bien explicara el Sr. Barthés, la subjetividad debe ser
asumida como móvil, como mutación discontínua, choques azarosos de intensidades
que nos conforman al adquirir consistencia. En este sentido, los personajes de
Soriano son intensidades puras, flotantes, que chocan como en un acelerador de
partículas, y en esa interacción devienen (no son). Por ello es un error obsceno
intentar adherirles significaciones sociales o sentidos alegóricos más o menos
profundos: no es esa la cuestión. Eso es buscar la profundidad en un libro que
es manifiestamente de superficie (que no es lo mismo que superficial). No hay
lugares físicos y sujetos cargados de simbolismo, por ello es que los lugares
son siempre los mismos e indistinguibles, y que los personajes carecen de la
“profundidad” que esperan los lectores clasicistas. Los lugares son solo unos
oasis en el desierto, y los personajes son menos sujetos que individuaciones por
haecceidades, vectores que apuntan en una dirección sin cesar.
– Parece que todos estuvieran a mitad de camino de algo… – digo.
– Exacto. Son procesos interrumpidos. Desde Coluccini y su línea de fuga
cortada a Bolivia, pasando por Lem y sus intentos de empezar una Vita Nova, la
adivina que no termina de irse… todos terminan dando vueltas en torno a lo
mismo, huyen en círculos. Pero no huyen sin nada: todos llevan su pasado a
cuestas, cargado en sus autos y en sus frentes. Y huyen pero sin rendirse, se
fugan buscando armas, armas con las que armarse de nuevo, medio a los golpes,
pero en busca de un nuevo territorio, que no necesariamente está lejos. El mismo
personaje principal es un claro ejemplo. Él ya ha efectuado una fuga, pero fue
trunca, ya que terminó volviendo, reterritorializándose y quedando atrapado en
ese agujero negro que es la Argentina.
– Che, tampoco para tanto… – salta Soriano.
– Es como si todos intentaran escapar, no necesariamente del país, pero sí
de su situación personal. Pero es como si no pudieran correr lo suficientemente
rápido para escapar a la atracción gravitacional del país. – salto yo.
– Eso es lo que quise decir. Nadie puede pasar de la tercera en la caja de
cambios. No se puede acelerar a fondo, solo mantenerse a velocidad de crucero. A
flote.
Es el mismo caso con los dos militares que aparecen hacia el final de la
novela. Sin batallón y exiliados del tiempo; no constituyen una crítica
encubierta o una alegoría simple. Son, justamente, simples carteles o veletas
abandonadas en un camino perdido, procesos de subjetivación interrumpidos que se
han vuelto paranoicos, formas de expresión de un agenciamiento perimido pero que
aún coletea en el barro de la historia de su país.
Soriano escucha atentamente y recién ahora interviene.
– Lo que pensaba en el momento de la obra era en la conciencia colectiva…
después de todo lo que había pasado, parecía que el olvido y la aceptación mansa
de lo que estaba sucediendo era el espíritu dominante de la época. Y eso me
parecía muy peligroso, no solo por lo que el olvido comporta, sino porque no
había una autocrítica en ningún sector de la sociedad, y por eso mismo, en
comparación con las dictaduras, todo parecía más benigno e inofensivo. Parecía
que lo que pasó, y lo que estaba pasando, le había sucedido a otro pueblo, o que
sus causas profundas nos eran completamente ajenas e inasibles. Mi libro fue una
respuesta a una sensación que sentí en esos años…
Un silencio abrumador se impuso sobre el auto. Soriano prendió nuevamente
la pipa, que se le apagaba continuamente. Fue Gilles el que rompió la tensión
finalmente.
– Estaba pensando en un tema relacionado… Se ha dicho que la literatura
estadounidense es una búsqueda del padre. No sé si toda la literatura, ya que
sería una afirmación discutible, pero el lugar del padre es sin duda uno de sus
temas predilectos
– Si, no me acuerdo quien lo dijo… – acoto con poco éxito.
– Lo que me asombra es lo siguiente: si la búsqueda de lo paterno se debe,
como han argumentado muchos pensadores, a la diversidad racial de los Estados
Unidos, a su falta de una raíz común… ¿por qué no sucede lo mismo con la
literatura argentina, que comparte estas mismas características a un grado mayor
que otros países?
– Es por el fracaso – afirmó Soriano con autoridad a través de una nube de
humo. – Los yanquis escondieron todas sus diferencias bajo el colchón. La
hicieron fácil. Una guerra civil y chau los problemas intestinos. Después, el
éxito tapó todo lo diverso, de manera que el único modo de encontrar una
identidad propia fue (y es) la búsqueda subterránea, genealógica, de una raiz
única.
– Es, después de todo, una búsqueda trascendental suscitada por la falta de
una noción de identidad nacional. – digo.
– Más o menos – interviene Roland. – No tanto por la falta de identidad
sino por la necesidad de formarse un rostro. ¿No, Gilles?
– Me leíste la mente. Si, pensaba en eso, en la necesidad de ponerle un
rostro a la máquina. Hacia ello han ido todos sus intentos (más exitosos que los
de los otros países americanos) de homogeneizar su historia y hacer de sus
próceres verdaderos mitos. Y eso se conecta con la necesidad individual de
trascendencia, encarnada en la literatura. El escritor busca hacerse un rostro
(a partir de uno paterno) que lo separe del Rostro americano.
– ¿Y en qué consiste la diferencia con nuestro país? Me perdí. – admito.
– En que nunca pudimos armar ni con ladrillos ni con alambre una identidad
nacional, pibe. – me dice Soriano, medio enfadado por remarcar lo obvio. Nuestro
problema fue siempre crearla, no luchar contra ella. Y en ese intento de
crearla, siempre fallido, nació como hijo deforme lo que actualmente pasa por
identidad: ese pesimismo disfrazado de arrogancia que bien sabemos exportar. Acá
no nos falta un padre personal, acá nos faltó siempre un padre estatal… la
sombra del Estado que existió en nuestra mente y que desde siempre nos falta…
éso es lo que motiva a la literatura argentina.
– ¿De eso se trata, después de todo, no? – pregunta Barthes – De lo que
sucedió en los 80s y que se agravaría en los 90s… el desmantelamiento de esa
enorme máquina estatal, su fraccionamiento y venta por kilo al mejor postor.
– Hay algo de eso. Parecía que se rifaba todo, que la manera de solucionar
todos los problemas y olvidar todo lo pasado era deshaciéndose de todo lo que
habíamos ganado. El pozo lo hicimos nosotros, pero terminamos vendiéndolo para
salir de él. Y nos quedamos con un pozo más grande y sin nada de lo que habíamos
construido. Pero teníamos microondas. Y los que no, a cortar cables o juntar
cartones.
Siguió Gilles, que parecía una fuente inacabable de ideas…
– En ese sentido me parece que vale la pena hablar de una literatura menor,
y de un quiebre estilístico con la literatura argentina previa al ’76. Una
literatura menor es aquella que hace un uso menor de un lenguaje mayor, el
lenguaje es desterritorializado. Siempre es política, lo personal se magnifica
por la vibración de una historia que la habita. Y tiene un valor de enunciación
colectivo ya que, debido a que la conciencia colectiva o nacional suele estar
inactiva en la vida exterior del sujeto (y siempre está en un proceso de
ruptura), la literatura es cargada positivamente con el rol y función de la
enunciación colectiva, incluso revolucionaria. No voy a analizar toda la
literatura argentina, por desconocimiento que admito libremente, pero Arlt
establece una máquina literaria maravillosamente minoritaria, más allá de su
popularidad. La manera en que utiliza el lenguaje, no solamente en lo
estilístico, es completamente novedosa, y va en contra de la tradición “mayor”
de la literatura argentina, hablando desde un agenciamiento que le es ajeno a
los escritores de “café literario”.
– Pero también podemos ver toda la literatura argentina como una literatura
menor o desterritorialización de la literatura española… – digo.
– No me parece que la relación sea tan simple, especialmente por la
multiplicidad que forman las distintas lenguas dentro del “argentino”, desde las
lenguas europeas, los dialectos criollos e indígenas, los del resto de
Latinoamérica, y la influencia de Estados Unidos. Habría que explorar algún caso
puntual, en otro momento. A lo que quería llegar ahora es al valor enunciativo
de la novela del señor Soriano, que por el momento que le tocó ocupar, se vio
obligado a asumir esa función colectiva y política, minoritaria, en la mayoría
de sus obras. Esa desterritorialización del lenguaje (no solo de la lengua)
requiere una fuerza adquirida mediante la sobriedad y la pobreza autoimpuesta,
que empuja los límites para que solo queden las intensidades. Es la línea de
fuga de Kafka, el lenguaje que escapa a la representación y al significado, del
mismo modo que el arte abstracto escapa a la figuración, a la imitación de la
vida. Esta elección, que no sólo es estilística sino política, e incluso
filosófica, sólo se da en ciertos autores en momentos de crisis del socius. Como
dije, se da en Kafka y en Arlt, ambos escritores “menores” dentro de la
maquinaria de su tiempo, y en posiciones desterritorializadas respecto a la
literatura mayor (judío checo que escribe en alemán; argentino autodidacta que
escribe en el “lenguaje de los argentinos” y no en el de los literatos ). Y
también se da en Soriano…
Un estallido lo interrumpió, aunque creo que ya no tenía nada para decir.
De milagro logré mantener el control del auto, y lo dirigí a la banquina.
– Estamos en llanta – dije – Y no traje repuesto.
– Mmfff. Típico. – dijo Roland.
Soriano y yo nos miramos sin decir nada.
Bajamos del auto para inspeccionar el daño. Si, habíamos pinchado.
– ¿Qué carajo hacemos ahora? – dijo el gordo.
Lo pensé por un momento.
– Y… quédense acá que voy a buscar una estación de servicio… o un
teléfono.
– Te acompaño – ofreció Soriano.
– No, dejá, quedate con los franceses. Ya veo que les roban, o peor.
– Bueno, andá por la sombra. Y no cruces el alambrado.
Me alejé por la ruta. Después de unos minutos miré para atrás y ya no los
vi, ni al auto. Me imaginé a Soriano explicándoles a los franceses a jugar al
truco.
El sol empezó a agobiarme, y me coloqué la camisa como turbante. Perdí la
noción del tiempo y de mis extremidades, sólo veía el espejismo en el horizonte
y el sudor en mis pestañas. No llevaba agua, ni brújula, ni reloj. Estaba
quieto, aunque me movia. En algún momento indeterminado cai de rodillas al piso,
y con la misma inconciencia, me levanté y seguí. El paisaje se esfumó ante mis
ojos, reemplazado por la percepción háptica del espacio. La presión del aire en
mi piel, la inclemencia del asfalto y el olor de la tierra seca, la percepción
acústica del silencio. Entendí entonces algo de lo que me decían hace un rato.
¿Qué trascendencia es posible pensar en este espacio? Esto es lo que hay, el
desierto de lo real, lo demás es una imposición y una impostura.
Estaba en la inmanencia, en la patria real y no alegórica. Los alambrados
seguían estando, pero parecían tener menos sentido a cada paso. Tropecé con una
piedra y caí nuevamente. Pensé en levantarme, pero mis brazos no me hicieron
caso. Cerré los ojos.
Me desperté al volante. Estaba sudado y confundido. Ya era de noche y no
había nadie más. Seguía en la banquina, y me pregunté que hacía ahí. Debí haber
estado cabeceando mientras manejaba, y logré parar a un lado de la ruta antes de
desvanecerme. ¿A dónde iba?
Arranqué y salí de vuelta al camino. Estaba oscuro, nada a la vista. Puse
tercera, no podía ver más allá de un par de metros con mis débiles faros. Me
podía llevar puesta una vaca si no tenía cuidado.
Igualmente, puse cuarta y enfilé tras esa línea tenue que había en el piso.
Dondequiera que ella llevara.

Click aquí para poder leer algunas páginas del libro.

Recuerden que la versión impresa está a la venta por Amazon.com!

Y ahora también está a la venta el ebook, para los que prefieren lo digital al papel.

 

 

Terminé el primer draft de mi novela (51387 palabras y más…) y usando Wordle creé esta word cloud con las palabras más usadas.

Es una buena forma de dar algunos indicios temáticos, o al menos de convertir en una obra visual lo que costó tanto poner en palabras.

 

Conmemorando el día del intento de Guy Fawkes de volar el Parlamento inglés (valoraciones políticas aparte), me pareció buena idea compartir con el ciberespacio mi tesis sobre la novela gráfica de Alan Moore, “V for Vendetta”.

 

 

 

Es un ensayo filosófico que va desde la forma al contenido, basándose en Deleuze, Spinoza y Foucault principalmente, y plantea nuevos conceptos para entender la realidad actual, como el noo-fascismo.

Download Tesis “V for Vendetta”

Licencia de Creative Commons
Cartografía de V de Vendetta by Alejandro Gamen is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

A ver… hoy estoy poco inspirado, o lo que es lo mismo, busco excusas para no sentarme ante la página en blanco (virtualmente hablando, ya no escribo a máquina si no en la notebook) y ponerme a remar en ese océano de gelatina en el que se convierte la obra cuando la soga a la que te venías aferrando se deshilacha y te encontrás boyando a la deriva.

Pero a pesar de que he tenido períodos (meses, incluso) de no escribir nada, que no se me haya caído una idea ni al bombardearme con horas de “cultura” en busca de inspiración/alguna idea para robar, mejorar o transmutar, nunca sentí ese mítico “bloqueo de escritor” tan popularizado por la televisión.

Al igual que la INSPIRACIÓN! (siempre en mayúsculas Eurékicas), es un mito popularizado por aquellos que nunca se sentaron a escribir. Lo único comparable a la mítica INSPIRACIÓN! que he sentido ha sido generalmente producto de una excitación provocada por mucha Coca-Cola, poco sueño y dos o tres ideas concatenadas.

Escribir es 100% Culo-En-Silla, sumándole muchas horas extras de autoflagelación, dudas sobre el propio talento, y ansias de suicidio al ver que en este país se publica, por ejemplo, un libro sobre El Tula (o cualquier cosa de Federico Andahazi) y no ficción decente.

Bloqueo? Más que nada excusas…

Se me terminó el post, así que me quedé sin excusas.

 

imagen

Novela Total?

Reseña de Alejandro Gamen

Sobre el libro Contraluz de Pynchon Thomas

imagen

No me gusta mucho el título en español, algo se pierde en la traducción del original “Against the Day”, pero éste es un libro monumental, en la acepción completa de la palabra. Decenas de tramas y personajes se cruzan de maneras imprevisibles, la trama salta y las escenas se quiebran pero a la vez mantiene un curso lineal y da una visión que intenta ser completa del mundo previo, durante y tras la I Guerra Mundial.


Es de lectura obligada para cualquier escritor que quiera apuntar a hacer unanovela total, un monstruo de muchas cabezas que se coma a los lectores menos preparados, pero que quienes disfrutan de la prosa, las técnicas de narración menos comunes, y la enorme colección de datos históricos (y chistes de cultura popular muy bien disimulados) que conforman este tapiz, no podrán dejar pasar.

Voy por la página 1000, y todavía no se vislumbra el final, me falta un cuarto de libro (y de libra 🙂 pero no creo que pueda decepcionarme ya que éste no es un libro de trama si no de imaginación.

 

vía Bukear – Novela Total?.

Hoy empieza NaNoWriMo (National Novel Writing Month) en todo el mundo, y yo aprovecho para continuar mi novela inconclusa, “Así fue como perdí la luz del sol”. 22000 palabras ya escritas, otras 50000-70000 para terminar.

De qué se trata? Es una mezcla de cinco géneros (noir, sci-fi, épico, ensayo, fantasía), cinco puntos de vista, cinco patologías, cinco narrativas que se unen para contar una sola historia, pero en la que a la manera de Rashomon, no hay verdad absoluta, sólo hay una elección de la verdad a gusto del lector, y distintos niveles de significado.

De influencias diversas (Murakami, Grant Morrison, Thomas Pynchon, A.A. Milne, Alan Moore), cuenta la historia de cinco amigos separados en su infancia por un evento incomprensible que delimitará sus vidas y del cual no podrán escapar, del cual cada uno buscará una explicación con la cual pueda convivir.

Wish me luck!